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El hombre de acero, Jesús, Dios Padre y la Conquista Imperial

Miguel Barragán Lárraga
   Man of Steel (Legendary Pictures, Syncopy Films, DC Entertainment, 2013), traducida literalmente como “Hombre de Acero” y dirigida por Zack Snyder (“300” “Sucker Punch”); a pesar de ser una nueva propuesta argumental del visionario director de cine de la asombrosa trilogía de Batman, Christopher Nolan, quien coescribió los guiones del caballero de la noche junto a su hermano Jonathan, y creó la historia para esta última entrega, recayó en la mitificación divina de Superman como la representación en 3D y con efectos especiales de proporciones monstruosas del redentor del cristianismo y su Santo Padre. En una de las escenas en las que tanto el hombre de acero como Louise Lane (Amy Adams) se encuentran cautivos en la nave del general Zod, cerca del planeta Tierra, Kal-El, el súper héroe norteamericano por excelencia es interpelado por una reproducción de holograma de su padre que pervive con conciencia y todo en el disco duro de esa misma nave que él diseñó y, viendo la nave a la deriva en la que huyó Louise viaja hacia la tierra, el viejo Russell Crowe (totalmente desaprovechado) le grita: “Sálvala”. Es entonces donde el director aprovecha para recordarle a la gente que el extraterrestre mucho más simpático y guapo que “E.T.” no es sino un Cristo con traje de neopreno y capa irrompible, puesto que el actor intérprete (Henry Cavill) abre los brazos como el Redentor lo hizo, y órbita cerca de la nave con la pose más respetada de todo el Orbe y que se refiere a la Cruz que veneran mil 200 millones de católicos y otros cientos de millones de no católicos pero sí cristianos. ¿A qué se refería el papá de Superman? ¿A Louise Lane o a la Tierra? ¿Qué no vino a salvarnos el Redentor, Jesucristo? ¿Qué no salvó a la Tierra con su presencia divina? Luego de hacer la cruz, el mítico hombre de acero vuela como una saeta en busca de la salvación de este Globo de las manos del eficiente pero cruel general Zod, quien luego de quedarse sin planeta, busca colonizar la Tierra convirtiéndola desde su suelo hasta su atmósfera en una nueva Kryptón, por encima de los cadáveres de los seres humanos. Ah, pero no, Superman, a pesar de ser de la raza del generalazo, prefiere salvar a la humanidad e “inspirarla para hacer cosas grandes y que un día, camine la gente junto a él, hacia el sol”, como reza la perorata evocadora que suena con voz en off del padre del extraterrestre, un Crowe que no termina de convencer a nadie. Entonces, el imperio de esos habitantes deleznables de Kryptón llega como todo colonizador cruel, despiadado e inhumano a tratar de quedarse con una tierra que no es la suya, porque “están diseñados genéticamente para eso”, emulando a los imperios malignos de Occidente que fueron las bases de lo que ocurrió en América, de 500 años para acá, ¡Ah!, pero no contaban con que el adalid de la libertad, de la democracia y del amor, un sencillo hombre súper poderoso, estaría ahí para defender a toda costa el American Way of Life de las garras de ese general y de su pléyade de maleantes interestelares (qué bueno que al papá de Kal-El se le ocurrió mandarlo a Kansas, porque si lo hubiera mandado a México a la mejor al superhéroe le hubiera valido madre el exterminio maquinado por Zod) y a darle inspiración a los americanos que luego del escándalo de Snowden, ya no se creen nada.
    Hay otra escena reveladora: antes de terminar, el hombre de acero advierte al general americano que se chutó toda la crisis de ocupación alienígena, que él los va a defender, “bajo sus condiciones” y que no hay nada de qué preocuparse, porque él es más gringo que el propio estado de Kansas. Para acabarla de joder, el súper dios entra a trabajar de incógnito a un periódico “donde debo estar enterado de todo”, para que, al final de cuentas la recreación de Superman, Nuestro Señor, es como un guiño de lo que hace Dios-Washington con el mundo entero: mantenerlo vigilado y advertido de que el súper poder está en el Distrito de Columbia y que nadie se atreva a pensar algo diferente so pena de ser bien conmocionado por Dios-Washington-Súper Hombre. PD: Qué extraño, una inocente película palomera se podría haber convertido en el alegato pro norteamericano más enconado de la historia, ¿o no dice “In God We Trust” el billete verde?

 

Miércoles
19 de Junio del 2013


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